La paz: un derecho y una oportunidad

La construcción de la paz después de la firma del acuerdo final no dependerá solamente de las partes sentadas en la mesa de La Habana: será un trabajo de toda la ciudadanía. ¿Qué puede hacer cada uno para poner su grano de arena?

Cerca del acuerdo

Vivir en un territorio en paz debería ser la máxima aspiración de cualquier sociedad, así como de quien desee gobernarla. Mucho más si se trata de un país como Colombia, donde hemos vivido tantas décadas en guerra que ya no recordamos cómo se siente vivir de otra manera.

Muchos de los presidentes de este país han querido “pacificar” nuestro territorio con varias estrategias que han arrojado resultados variables. Sin embargo, la confrontación armada con grupos guerrilleros ha continuado y las atrocidades se han sucedido durante décadas hasta llegar a insensibilizarnos hasta un punto en el que ya no parece importarnos si seguimos igual.

Después de numerosos intentos por someter a los grupos alzados en armas o de suscribir acuerdos políticos con ellos, finalmente hoy se observan avances notables que nos dan la posibilidad de abrigar la esperanza de que se logrará acordar el final de la confrontación armada con el grupo guerrillero más antiguo y sanguinario de Colombia.

Los cambios deben comenzar por nuestra forma de pensar y actuar.

Y no hay que ser santista para reconocerlo. Los esfuerzos realizados por otros gobiernos sin duda han contribuido al debilitamiento de la guerrilla y los largos años de guerra finalmente convencieron a la dirigencia de las FARC de que su expectativa de llegar al poder por la vía armada era inviable y su situación resultaba insostenible. Aunque hubieran podido prolongar la confrontación, jamás lograrían la victoria, y este hecho pesaba sobre las tropas de las FARC, que ingresaron ilusionadas por una victoria que demostró ser imposible.

Adicionalmente, la guerrilla sufrió un desgaste ideológico que se acentuó con los fracasos de otros grupos y países que fueron sus aliados, y su lucha se contaminó con el tráfico de drogas, la minería ilegal, el secuestro, la extorsión y múltiples formas de delincuencia que minaron su imagen. Las FARC hicieron que las comunidades las percibieran como terroristas o como bandas criminales cuya principal motivación no era la defensa de los más pobres sino su propio enriquecimiento.

Las claves del éxito

Las circunstancias propicias convergen hoy porque, además, quien está al frente del gobierno tuvo el coraje y la audacia para asumir el reto de la paz. De la misma manera, tuvo la lucidez para estructurar una estrategia de manejo de los diálogos, que ha sido imperfecta, pero que funcionó mejor que las anteriores.

Terminar con un acuerdo político la más larga confrontación armada de la historia no es poca cosa, así haya quienes lo desconozcan, principalmente porque no les cabe en el cuerpo la envidia por no haberlo logrado ellos a pesar de sus esfuerzos. Será la historia la que les reconocerá el aporte que cada uno hizo, o las oportunidades que perdieron.

Sin duda el proceso de La Habana ha sido tortuoso, difícil y más prolongado de lo que la ansiedad de muchos quisiera soportar. Las concesiones de uno y otro lado tampoco han podido satisfacer a todos. Pero no podía ser de otra manera. Se trata de acuerdos que pueden ser frágiles y requieren seguimiento y voluntad de las partes para que se mantengan porque se han pactado compromisos difíciles de cumplir y a los que muchos se oponen.

Aunque los que suscriben los acuerdos serán el gobierno y la guerrilla, la posibilidad de llevarlos a la práctica depende de todos los ciudadanos. Así como todos nos hemos visto afectados por el conflicto, a todos nos compete poner de nuestra parte para que lo acordado se haga realidad. No de inmediato, como algunos ilusos quisieran, sino a lo largo de varios lustros.

El tiempo para lograr la paz completa puede parecer largo, pero no se puede obviar. Los cambios deben comenzar por nuestra forma de pensar y actuar, desde nuestros comportamientos y actitudes. Para hacer este cambio se requieren decisión, voluntad, persistencia y generosidad.

Los retos de la paz

Ahora bien, varias precisiones son pertinentes. En primer lugar, es preferible decir que lo que llegará con la firma final será un período de postacuerdo y no de posconflicto, pues el uso de este último concepto puede dejar en algunos la ilusión de que en adelante no habrá más conflictos.

Es evidente que seguiremos enfrentando conflictos de muy diverso tipo e intensidad, pero lo que conseguiremos será la posibilidad de que estos se resuelvan sin acudir a la violencia.

Con respecto a los guerrilleros que se acojan a los acuerdos, tendremos que encontrar formas de incorporarlos a la sociedad para que esta les abra un espacio y les permita trabajar por una vida digna, a la que, como todos los demás, tienen derecho.

En segundo lugar, aunque el éxito del proceso depende en gran medida de Bogotá y del gobierno central, también recae una responsabilidad enorme en las regiones. Todas tendrán que asumir con seriedad los compromisos adquiridos y para ello deberán contar con el respaldo financiero e institucional del centro del país. El logro de la paz pasa por las regiones y por la creación de oportunidades y condiciones dignas para todos, especialmente para la población campesina agobiada por la pobreza y la exclusión.

La corrupción es un cáncer que carcome y hace tanto daño como la guerrilla.

Pero si se mantiene el esquema según el cual es en Bogotá donde se toman las decisiones y se resuelven los problemas, con dilaciones e intermediaciones innecesarias y costosas, podríamos retornar a los ciclos de violencia que se quieren superar. Por eso, el fortalecimiento de las regiones, con el debido control y vigilancia, es un imperativo para conseguir los resultados que el momento exige.

Es claro que solo a partir de la creación de trabajo productivo y de ingresos dignos, de oportunidades de acceso a la justicia, a la salud, a la educación y a la vivienda, se pueden garantizar resultados sostenibles. La descomunal inequidad social que enfrenta Colombia deberá comenzar a resolverse si queremos asegurar la paz.

Esta es una transformación difícil ya que los mayores defensores de estos privilegios se encuentran enquistados en el Congreso, en las altas Cortes, en la dirigencia política y en otras instancias de toma de decisiones.

¡A trabajar!

Igualmente, importante es que todos nos empecemos a preguntar qué puede hacer cada uno para contribuir a la paz. Se hace necesario que comencemos por reflexionar y tomar conciencia sobre la importancia de que todos asumamos una actitud abierta, positiva y creativa frente al proceso que emprendemos, porque el negativismo y el escepticismo solo producen dificultades y dilaciones.

Si preferimos vivir en paz es imperativo desarmar los espíritus y el lenguaje, adoptar una actitud afirmativa y decidida que nos lleve, no solo a votar en el plebiscito por la paz, sino a animar a muchos otros en un ejercicio serio de pedagogía. Una vez hayamos conseguido un buen respaldo, nos corresponde trabajar desde el espacio donde nos movemos, porque es importante actuar en todos los escenarios.

En esta tarea le recae una especial responsabilidad a los comunicadores de todos los niveles y medios, a los docentes, a los funcionarios públicos, y a los líderes y dirigentes de todos los estamentos. Será educando y reeducando a la ciudadanía, no solo con el discurso sino principalmente con el ejemplo, cómo podremos desarrollar competencias cívicas, éticas y técnicas que nos permitan asumirnos como ciudadanos del siglo XXI.

Por su parte, el gobierno debe cumplir su promesa de que, una vez acordado el cese a la confrontación armada y terminada la dejación de armas de las FARC, concentrará mayores esfuerzos en el combate de otros grupos alzados en armas, de bandas criminales, del narcotráfico, de la minería ilegal y, muy especialmente, de la corrupción rampante que anida en diversos círculos del sector público y privado del país.

Esta corrupción ha producido una dramática malversación de la riqueza nacional y ha reducido al mínimo las oportunidades de progreso del país y sus regiones. La corrupción es un cáncer que carcome y hace tanto daño como la guerrilla o el narcotráfico y, por ello necesita un tratamiento de choque.

Sería iluso esperar que todos nos comprometamos de igual modo con el éxito de los acuerdos y con el logro de la paz. Quienes discrepen tienen derecho a hacerlo, siempre y cuando lo hagan en forma civilizada, con respeto a la verdad y al deseo de vivir en paz de la inmensa mayoría de la ciudadanía.

Después de tantos años de violencia merecemos vivir en paz. No podemos dejar que pase esta oportunidad. El momento es ahora. Unirnos en este propósito es un deber y una responsabilidad.

** Carmen Inés Cruz, Socióloga y doctora en Educación, exalcaldesa de Ibagué y exrectora de la Universidad de Ibagué.

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